La lavanda requiere un cuidado algo mayor que otras plantas resistentes, pero sus beneficios lo justifican ampliamente. Sus delicadas flores púrpuras desprenden una fragancia embriagadora que impregna el jardín y llega hasta la calle. Estos encantos perduran más allá de la floración: la lavanda española es ideal para arreglos secos y flores prensadas, mientras que la francesa mantiene su aroma al secarse, perfecta para potpourrí y sachets duraderos.
Algunos expertos recomiendan sembrar lavanda desde semillas para que se adapte mejor al entorno local desde la germinación. Si prefieres ahorrar esfuerzo, opta por arbustos ya establecidos y trasplántalos directamente [fuente:Fregadero]. Estas plantas alcanzan de 0,9 a 1,2 metros de altura y se expanden en igual medida. Puede cultivarse como anual o perenne según la variedad y el clima: en zonas templadas o cálidas es perenne, pero en inviernos rigurosos, se renueva anualmente [fuente:McCoy].
Además, la lavanda repele plagas de forma natural: su aroma atrae a humanos, pero ahuyenta insectos y ciervos, actuando como un insecticida orgánico efectivo. En resumen, es una adición imprescindible a cualquier jardín.